Sabemos jugar. Aprendimos las estrategias básicas y optamos por unas cuantas estrategias acordes a nuestro estilo. Tenemos muchísimas manos de experiencia. Vimos casi todas las manos posibles. Tuvimos algunos buenos resultados. Pero… no podemos avanzar.
¿Qué es ese enemigo temido en el orbe de las picas, diamantes, tréboles y corazones? ¿Por qué parece ser el décimo u onceavo, y casi inexpugnable, jugador de la mesa? ¿Por qué rayos debe aparecer siempre en los momentos menos indicados, los de quiebre, de definición? ¿Quién diablos lo invita a nuestras mesas? ¿Por qué suele doblarnos cual si fuésemos un tallo de bambú?
¿Te hiciste alguna vez esa pregunta?
¿Cuantas veces viste las cartas en una mano que foldeaste y te mordiste por ver que llegado el showdown, si hubieses estado ahí, te llevabas tremendo pote? ¿Cuántas otras pagaste, tamaño call, impulsado por tus deseos, viendo que las comunes propiciaban muchos juegos mejores que el tuyo? ¿Será casualidad que eso suceda justo en momentos decisivos?
NO.
Leí por ahí, hace un tiempo, una definición, que decía: “La presión aparece frente a un instante de definición en el cual la realidad se va a modificar de forma significativa y el sujeto, de la presión, tiene una responsabilidad directa en el desenlace de la situación”. Parece inobjetable.
La presión parece ser que viene de la mano de su pareja el deseo.
En competencias, se suele diferenciar a la presión externa, ejercida por los contrincantes y sus deseos, y presión interna, que suele ser más complicada aún y tiene que ver con deseos propios y críticas internas, lo que en psicología se llama el súper yo, y no es más que una actitud crítica, que puede ser despiadada, hacia uno mismo.
Al hablar de presiones siempre surgen dos tipos de afirmaciones “Me mata la presión” o “Trabajo mejor bajo presión”. Lleven esta dualidad al aspecto de su vida que deseen. Yo, por ejemplo, puedo decirles que durante el transcurso de mi carrera Universitaria necesitaba la presión del tiempo para estudiar con eficacia y eficiencia, no me servía empezar un mes antes. En ese caso la presión fue un motivador para mí. Me forzaba a dar lo mejor de mí en instancias cruciales. En el Poker aún no he alcanzado un dominio tal de la presión.
En realidad esa dualidad tiene sentido, y se debe a que hasta cierto punto la presión nos impulsa y luego nos frena.
Algunos se han animado a graficar la relación entre eficacia y presión, válida para casi cualquier situación:
El resultado es una curva donde la eficacia, al principio, sube impulsada por la motivación de la presión y luego cae por el peso de esta última.
Parece ser que gran parte de nuestro éxito en el Poker depende de cómo podamos sortear esa sensación psíquica, claramente psicológica, pero que puede afectarnos hasta físicamente, manifestándose en nuestro cuerpo.
¿Como hacerlo?
Yo cito a uno de los más queridos periodistas deportivos “seamos buenos entre nosotros” (Horacio Pagani). Sí, seamos buenos con nosotros. Aislémonos de la presión.
Hay que sentarse a la mesa con buena disposición y… “jugar” Poker. Jugar seriamente, pero jugar Poker.
No podemos enfrentar cada situación límite del juego gritando: “AVE, CAESAR , MORITURI TE SALUTANT”. No hay espada, red, lanza, ni maza esperando por nuestra cabeza. Si de actitudes marciales se requiere, entonces prefiero la de los Marines norteamericanos. Vamos al choque gritando: “GO, GO, ROCK AND ROLL”.
Espero que reflexionar sobre todo esto les traiga réditos en las mesas.
Hasta la próxima.
Saludos y… Buenas Manos!!!